La era taína
Antes de la llegada de los europeos, Haití estaba habitada por taínos que vivían en armonía. Su existencia se entrelazaba con la generosidad de los bosques, ricos en árboles frutales, que los liberaban del arduo trabajo agrícola. La pesca y la caza eran sus principales medios de subsistencia, complementados con el cultivo de patatas, maíz y mandioca. A diferencia de algunos vecinos de las Antillas Menores, no practicaban el canibalismo.
Los taínos practicaban el trueque, intercambiando productos agrícolas, pescado, herramientas de piedra y artesanías. Su sociedad se basaba en valores de respeto a la naturaleza, y el comercio era una forma de mantener conexiones con otros grupos indígenas del Caribe.
La naturaleza era su hogar y la veneraban a través de sus costumbres y vida cotidiana. El pelo negro y liso caía en cascadas sobre sus hombros, testimonio de su gran belleza natural. Hasta los 18 años caminaron desnudos, tatuándose el cuerpo con achiote, un rito de iniciación en su sociedad. Las mujeres vestían taparrabos o tanga, un atuendo sencillo que reflejaba su conexión con la tierra.
La danza era su forma de expresión más vibrante, una forma de celebrar la vida y comunicarse con los espíritus de su entorno. La isla tuvo distintos nombres para ellos: Boyo, Quisqueya, Haití, tantos nombres que resonaban con la esencia misma de su existencia.
Sus lenguas eran variadas, derivadas de una lengua materna, pero sin una escritura que las preservara, acabaron desapareciendo con el tiempo. Pese a ello, palabras de origen indio como coui, hamac, guanes, matoutou, matoutou, macana, rapadou y otras siguen resonando en el lenguaje cotidiano, recordando la huella duradera que dejaron estos primeros habitantes de la isla.